¿Qué lleva a una persona mayor a perder el deseo de vivir?

Los pensamientos de muerte en la vejez pueden estar relacionados con la soledad, las pérdidas y el sufrimiento emocional. Especialistas advierten sobre la importancia de hablar del tema sin tabúes.

Más de 700 mil personas mueren por suicidio cada año en todo el mundo, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud. Cerca de una sexta parte de esas muertes (16,6 %) ocurre entre personas de 70 años o más. Los datos ayudan a dimensionar un problema que todavía recibe poca atención, especialmente cuando involucra a la población adulta mayor. Detrás de estas cifras hay un dolor emocional real que no siempre encuentra espacio para ser acogido, pero que no deja de existir cuando el tema se evita.

Eso es lo que confirma la psicóloga y magíster en gerontología Vivian Araújo. “Evitar el tema no elimina el sufrimiento, el dolor, la depresión, los duelos sucesivos ni el aislamiento social que muchas personas viven en esta etapa de la vida”, afirma. Por el contrario, según la especialista, evitar hablar del asunto tiende a reforzar la sensación de no ser comprendido, aumentar el estigma y retrasar el acceso a la atención, agravando el riesgo de ideación e intento de suicidio. Para ella, el camino pasa por el diálogo. “Un lenguaje cuidadoso y sin dramatización ayuda a romper la idea de que ‘de eso no se habla’ y permite acompañar a la persona, identificar señales de riesgo y conectarla con atención multiprofesional”, orienta.

¿Qué lleva a una persona que ha vivido tantas décadas a perder las ganas de seguir?

“Quisiera que Dios me llevara”. Eliane Soares, voluntaria desde hace 26 años en el Centro de Valorización de la Vida, cuenta que esa es una de las frases que más se repiten en las llamadas de personas mayores. El Centro de Valorización de la Vida (CVV), una organización brasileña de apoyo emocional y prevención del suicidio, es un servicio gratuito, atendido por voluntarios y basado en una escucha confidencial y anónima.

“También dicen que quisieran dormir y no despertar nunca más”, relata. Según Eliane, la soledad está entre las quejas más frecuentes. “Muchas veces sienten que nadie tiene tiempo para escucharlos, que no son comprendidos”. Los cambios impuestos por el envejecimiento también aparecen con frecuencia en esos relatos. “Pierden mucha autonomía e independencia. A veces incluso teniendo su propia casa, necesitan mudarse con algún familiar o ir a vivir a un hogar para adultos mayores.

Vivian Araújo confirma el impacto emocional de esos cambios y destaca otros factores que pueden intensificar el sufrimiento psíquico en la vejez. “La pérdida de roles sociales, como ocurre con la jubilación; los duelos sucesivos, como la pérdida del cónyuge; los conflictos familiares y la dependencia económica son algunos de ellos”, enumera. También pueden influir problemas de salud física. “Las enfermedades o dolores crónicos, las limitaciones funcionales, los cuadros de demencia e incluso el uso de varios medicamentos que pueden alterar el estado de ánimo y la cognición son factores de riesgo”, explica la psicóloga.

En ese contexto, muchas personas mayores comienzan a rumiar repetidamente experiencias negativas del pasado y desarrollan la sensación de ser una carga para la familia. Eliane reconoce esos sentimientos en las conversaciones que mantiene como voluntaria. “Sin esperanza en el futuro y sintiéndose abandonada, la persona empieza a pensar que no tiene motivos para seguir viviendo”, relata. Sin embargo, según ella, hay un aspecto que llama la atención: muchas de esas expresiones no reflejan necesariamente un deseo de morir, sino un intento de aliviar un sufrimiento que se percibe como insoportable. “La persona dice que quisiera aliviar ese sufrimiento que ya no puede soportar”, resume.

Desde el punto de vista psicológico, esos sentimientos forman parte de la etapa de ideación, la primera fase de un proceso que se construye a lo largo del tiempo. “En general, todo comienza con una crisis prolongada de sufrimiento que lleva a la persona a creer que la muerte puede traer alivio. Con el tiempo, se percibe como la solución a un problema que parece imposible de resolver”, explica Vivian.

La psicóloga también aclara que el suicidio rara vez ocurre de manera repentina. “Después de la ideación, cuando aparecen los pensamientos de no querer seguir viviendo, la persona puede pasar a la etapa de planificación, que implica pensar en ‘cómo, cuándo y dónde’”, afirma. Antes del acto en sí, existe todavía una tercera etapa: la preparación. “La persona mayor puede organizar sus bienes, probar los medios e incluso despedirse de manera disimulada”, detalla la especialista.

¿Qué hacer ante las señales?

En primer lugar, es necesario observar atentamente el contexto. Según datos epidemiológicos, en la vejez, el suicidio es más frecuente entre los hombres. Las mujeres, en cambio, presentan más ideación e intentos. “Eso nos da la idea de que la forma en que cada género expresa y vive el sufrimiento también es diferente”, evalúa la psicóloga.

En esta etapa de la vida, las señales de sufrimiento emocional pueden interpretarse como características “naturales” del envejecimiento, lo que dificulta la identificación de situaciones de riesgo y el acceso al apoyo adecuado. La gerontóloga llama la atención sobre el hecho de que los trastornos mentales suelen estar subdiagnosticados en la vejez. “Aunque puede ocurrir una reducción de los vínculos sociales o de la energía, el aislamiento no es natural y puede estar ocultando una patología”, aclara.

Al notar señales de alerta, la psicóloga orienta que es importante hacer preguntas directas, sin miedo. “Preguntar ‘¿has pensado en suicidarte?’, a diferencia de lo que muchas personas creen, no aumenta el riesgo. En realidad, trae alivio porque permite que la persona hable sobre el tema”, explica.

Si existe un riesgo inminente, la orientación es no dejar sola a la persona mayor, retirar de su alcance medios letales y buscar ayuda profesional. Sin embargo, en cualquier situación, es importante escuchar sin juzgar y validar el sentimiento de la persona. “No se debe minimizar. Frases como ‘no tienes de qué quejarte’ o ‘mira el lado positivo’ no van a ayudar”, detalla.

Ella aconseja que la persona no sea reprendida por pensar en el tema. “Cuando la idea de la muerte persiste, el objetivo no debe ser solo interrumpir esos pensamientos, sino transformar el cuidado y el apoyo que recibe, para que la vida vuelva a parecer soportable y protegida”. La especialista también advierte sobre otras actitudes que deben evitarse. “No se debe amenazar a la persona, apelar a la ‘fuerza de voluntad’ y mucho menos exponerla públicamente, porque eso puede hacer que se sienta humillada y avergonzada”, agrega.

Vivian también destaca la importancia de desmontar algunos mitos del sentido común sobre el suicidio. Frases como “si la persona realmente quiere hacerlo, encontrará la manera” refuerzan la idea de que el acto es inevitable y de que el cuidado no hace diferencia. “Eso aumenta la sensación de desesperanza y puede desanimar a quien quiere pedir ayuda”, advierte. Otra creencia peligrosa es pensar que quien habla de suicidarse solo quiere llamar la atención. “Ese tipo de afirmación descalifica la comunicación como un pedido de ayuda e impide que el sufrimiento sea comprendido con seriedad”, aclara.

¿Qué enseña la Biblia sobre el sufrimiento emocional?

Las distorsiones en relación con la fe también pueden dificultar que las personas mayores logren expresar lo que realmente sienten. “A muchos les enseñaron durante toda su vida a ser fuertes, a no quejarse, a confiar en Dios y seguir adelante. Pero detrás de esa postura puede haber décadas de dolor reprimido”, observa el pastor Gustavo Marques, líder del Ministerio de las Posibilidades para la región Sur de Brasil.

Él aclara que la fe es fundamental, pero que la Biblia nunca la presenta como sustituta de los demás cuidados. “El ser humano no es sólo espíritu. Somos cuerpo, mente y emociones. Por eso, cuidar de las otras áreas también es un acto de responsabilidad frente a Dios”, declara. El pastor agrega que buscar ayuda psicológica o psiquiátrica no debe verse como falta de fe. Para él, así como nadie debería sentirse culpable por buscar un médico ante un dolor físico, tampoco debería sentirse culpable por buscar ayuda frente a un sufrimiento emocional intenso. “La oración es indispensable. Pero, muchas veces, Dios también nos responde a través de personas, profesionales y tratamientos”, complementa.

Gustavo también orienta evitar discursos que generen miedo o culpa en torno al suicidio. “Afirmar que toda persona que murió por suicidio automáticamente perdió la salvación es una conclusión que va más allá de lo que la Biblia nos autoriza a decir”, argumenta. Él enfatiza que el juicio final pertenece a Dios. “Él es quien conoce toda la historia, los dolores invisibles, el grado de conciencia, el sufrimiento psíquico y la realidad más profunda de cada persona”, afirma.

El pastor recuerda un episodio bíblico para mostrar cómo Dios trató a uno de sus mayores profetas en un momento de profundo agotamiento emocional. “Elías llegó a pedir la muerte en 1 Reyes 19. Dios no fue hacia él con una reprensión. Antes de cualquier discurso, le proporcionó agua, comida, descanso y su propia presencia”, recuerda.

Para Gustavo, el relato demuestra que los sufrimientos emocionales extremos pueden afectar profundamente la percepción, el discernimiento y la capacidad de encontrar una salida. “Reconocer eso no es justificar el suicidio. Es afirmar que toda vida tiene un valor absoluto delante de Dios y que todo sufrimiento debe tomarse en serio antes de que se vuelva insoportable”, resalta.

El pastor defiende que la iglesia debe abordar el tema con verdad y misericordia. “El Dios que se acerca al corazón quebrantado, como dice el Salmo 34:18, llama a la iglesia a ser un lugar de cuidado, escucha y prevención, no de condenación automática”. Él enfatiza la necesidad de crear una cultura de escucha activa dentro de las comunidades religiosas. “Visitar a una persona mayor no debería ser solo para preguntarle si está yendo a la iglesia. A veces, la pregunta más importante es: ‘¿cómo estás de verdad?’”, orienta.

Gustavo también destaca que los líderes y miembros necesitan ser capacitados para reconocer señales de alerta. Además, cree que la iglesia puede actuar de manera práctica al crear espacios regulares de convivencia para las personas mayores. “No solo un culto ocasional, sino encuentros con actividades que promuevan vínculos: círculos de conversación, juegos, dinámicas, ejercicios suaves, paseos, charlas de salud, momentos de oración y oportunidades para que ellos también sirvan”, detalla. Según él, iniciativas como esas pueden ampliar el sentido de pertenencia y contribuir a la calidad de vida de los miembros mayores. “La soledad enferma profundamente. Y la comunidad cristiana, cuando es viva y acogedora, puede ser un poderoso instrumento de cuidado”, concluye.

Una realidad que también será nuestra

La Organización Mundial de la Salud estima que, para 2030, una de cada seis personas en el mundo tendrá 60 años o más. El dato ayuda a recordar que el envejecimiento no es una realidad distante ni limitada a los demás, sino un camino natural de la vida. Comprender los desafíos emocionales de esta etapa significa también mirar hacia el futuro de la sociedad y hacia la realidad que muchos de nosotros viviremos.

Para Vivian Araújo, la proyección de la OMS exige que entendamos el envejecimiento como un proceso social, y no solo biológico, y que la salud emocional sea tratada con la misma prioridad que la salud física. “Desde el punto de vista comunitario, también es urgente que los servicios de salud, las familias y las instituciones miren a las personas mayores, no como un problema, sino como personas con derecho a sentido, pertenencia y cuidado continuo”, propone.

La gerontóloga resalta que intervenir ante un riesgo inmediato es importante, pero que el cuidado no puede limitarse a los momentos de crisis. Promover calidad de vida emocional en la vejez implica fortalecer vínculos, preservar la autonomía y crear oportunidades de convivencia y propósito. Entre los factores de protección, destaca la convivencia social significativa, como grupos, iglesias, asociaciones y actividades comunitarias, además de la práctica de actividad física y el mantenimiento de una rutina estructurada. “Es esencial buscar la continuidad de roles, es decir, promover circunstancias en las que las personas mayores puedan sentirse relevantes, como cuidando de otros, participando en acciones voluntarias o desarrollando algún pasatiempo”, sugiere.

¿Necesitas ayuda?

Para quienes tienen pensamientos de muerte pero nunca han logrado hablar sobre eso, los especialistas dejan un recordatorio: ese sufrimiento no debe ser ignorado ni cargado en soledad. La psicóloga y gerontóloga Vivian Araújo orienta que el primer paso es hablar con alguien de confianza, aunque esa primera conversación sea difícil. “Ten presente que esos pensamientos no disminuyen tu dignidad, sino que indican que el sufrimiento es muy grande y que necesitas ayuda”, enfatiza.

En Brasil, el Centro de Valorización de la Vida ofrece apoyo emocional gratuito y confidencial a través del teléfono 188, disponible las 24 horas del día. Eliane Soares, voluntaria del servicio desde hace 26 años, explica que muchas personas encuentran en la atención un espacio seguro para desahogarse sin ser juzgadas. “La escucha se realiza con respeto, empatía y atención genuina. Muchas veces, durante la llamada, la persona se siente acompañada y valorada, y entonces el sufrimiento deja de parecer tan insoportable en ese momento”, relata. El anonimato también ayuda a quienes sienten miedo o vergüenza de hablar sobre lo que están viviendo. “La persona no necesita identificarse. La conversación queda solo entre ella y el voluntario”, explica.

El pastor Gustavo Marques reafirma que buscar ayuda no es motivo de vergüenza ni de debilidad espiritual, sino un acto de valentía. “Es una forma de honrar la vida que Dios te dio”, declara. Él recuerda que Dios no nos mira con desprecio cuando sufrimos, sino que provee apoyo para que podamos enfrentar el dolor. “Muchas veces, Él usa personas, tratamientos y conversaciones para recordar que tu historia todavía no ha terminado”, concluye.

Fuentes: