
La mayoría de los adultos mayores que dependen de cuidados son atendidos por sus propios familiares. En América Latina, el porcentaje alcanza el 90%, según datos del Banco Interamericano de Desarrollo. En Brasil, el número de personas que cuidan de familiares mayores pasó de 3,7 millones a 5,1 millones entre 2016 y 2019, de acuerdo con el IBGE. Pero existe una dimensión menos visible de esta realidad. Gran parte de la violencia cometida contra niños y adolescentes también ocurre dentro del hogar, según datos del Ministerio de Derechos Humanos. Esto significa que, décadas después, estas dos estadísticas pueden encontrarse dentro de una misma familia.
No es raro que hijos que crecieron en relaciones marcadas por negligencia, agresiones, abusos o vínculos frágiles se enfrenten a un nuevo rol: el de cuidar a sus padres en la vejez. En ese contexto, las tareas prácticas del cuidado pueden reavivar heridas, despertar sentimientos ambivalentes y, especialmente en ambientes cristianos, generar cuestionamientos difíciles sobre el verdadero significado del mandamiento bíblico de “honra a tu padre y a tu madre”.
“Nunca imaginé cuidar de él”
“Era incómodo tenerlo allí, en mi casa. Su presencia me provocaba angustia y náuseas. Cuando necesitaba tocarlo para hacerle las curaciones, después me iba a otra habitación a llorar.” Así describe la profesora de arte Natiele Morais la primera vez que tuvo que cuidar de su propio padre. Todo ocurrió muy rápido. Poco antes, recién casada, había comenzado a percibir que algo dentro de ella no estaba bien. Fue durante la intimidad del matrimonio cuando aparecieron las primeras señales de un recuerdo que hasta entonces había permanecido reprimido: los abusos sexuales sufridos en la infancia. Mientras intentaba lidiar con ese doloroso descubrimiento, Natiele recibió otra noticia: su padre, ya anciano, necesitaría someterse a una cirugía de emergencia y dependería de ella durante la recuperación.
El hogar en el que Natiele creció estaba marcado por la violencia. Su padre agredía físicamente a su madre delante de sus hijos, hasta que un día ella huyó de casa para proteger su propia vida. Después de eso, según Natiele, la violencia se dirigió hacia ella, la única niña de la casa, que tenía apenas seis años. “Él descargó sobre mí toda la culpa por la huida de mi madre. Todas las noches yo despertaba y él estaba allí, violentando mi cuerpo. Mientras tanto, decía que yo sería igual que mi madre, que no serviría para nada”, recuerda. Sin embargo, en aquella época ella no comprendía completamente lo que estaba ocurriendo. “Un niño no entiende que está sufriendo violencia. Percibe el miedo, la vergüenza, la incomodidad, pero, al venir de una figura de autoridad, no logra comprender aquello como algo incorrecto”, explica.
Los abusos duraron algunos años, hasta que Natiele fue a vivir con una tía y, más tarde, volvió a vivir con su madre. La convivencia con su padre prácticamente desapareció. “Casi nunca lo visitaba. No entendía exactamente por qué, pero no quería tener contacto. Ni siquiera podía llamarlo papá; solo lo llamaba por su nombre. Nunca imaginé que algún día tendría que cuidar de él”, relata. Verlo frágil despertó sentimientos confusos. “En ningún momento logré sentir rabia, pero sí angustia, dolor y tristeza. ¡Al mismo tiempo, lo miraba y sentía tanta pena!”, cuenta.
“Yo no quería cuidarlos”
Aunque cada historia tiene sus propias marcas, el dilema vivido por Natiele Morais está lejos de ser aislado. Edi Lima (nombre ficticio), jubilada, vivió algo similar. Para ella, los recuerdos de la infancia están lejos de ser reconfortantes. Mis padres peleaban mucho y siguen peleando todos los días, aun en la vejez. Durante mucho tiempo, no entendía que eso también era una forma de violencia”, cuenta.
Edi creció en un ambiente de humillaciones, críticas constantes y desvalorización emocional. “Si yo hacía una pregunta, mi madre me decía que era tonta. Las tareas de la casa nunca estaban perfectas, y ella me decía que era fea, gorda e inferior a los demás.” Un episodio específico quedó marcado en su memoria. Edi cuenta que, una noche, su hermano se enfermó y su madre lo llevó a dormir con ella. “Entonces mi padre vino a mi cama y me abusó sexualmente. Fue solo una vez, pero lo recuerdo. Lo recuerdo hasta hoy.”
Con el tiempo, Edi comenzó a verse a sí misma a través de las palabras que escuchaba dentro de casa. “Me sentía la niña más fea de cualquier lugar en el que estuviera. Creía firmemente que yo era ese ser horrible que ella veía y que nadie jamás me iba a amar”, dice. Fue a los 37 años, casada y madre de dos hijas, que Edi comenzó a percibir que esa dinámica familiar no era saludable. “Mi madre todavía opinaba sobre mi vida y me criticaba mucho”, relata. Con ayuda psicológica, logró establecer distancia emocional de sus padres. “El proceso de tomar conciencia fue lento y doloroso, pero liberador”, resume.
Años después, sin embargo, la vida volvió a ponerla frente a sus padres. Las dificultades financieras de la familia y los problemas de salud de ambos hicieron imposible mantener una distancia completa. “Vivían en una situación precaria. Mi padre administró muy mal el dinero, Y llegó un momento en que me di cuenta de que mi hermano estaba colapsando por intentar cuidarlos solo.” Edi cuenta que, al verlos viviendo en medio de la suciedad y alimentándose de forma inadecuada, decidió llevarlos a vivir con ella.
Hace un año, participa intensamente en los cuidados diarios de sus padres. “Les doy la comida en la mano, los llevo al baño, los baño. A veces mi padre necesita un baño más cuidadoso porque no puede hacerlo solo.” Aun así, reconoce que no deseaba estar en esa posición. “Yo no quería cuidarlos. Realmente no quería. Pero fue la única solución que pude encontrar.”
¿Qué ocurre con quienes cuidan?
Hay muchos matices emocionales y ambigüedades en contextos como los de Natiele y Edi, en los que los roles se invierten, pero persiste una carga del pasado que no ha sido resuelta. Según la psicóloga y terapeuta familiar sistémica Dilene Ebinger, Los recuerdos traumáticos pueden despertar durante este proceso y llevar nuevamente a la persona al lugar del hijo herido. “La hija cuida, pero todavía carga necesidades que nunca fueron atendidas”, explica.
Natiele percibió claramente esta ambivalencia durante el período en que cuidó de su padre. “Sentía culpa por algunos cuidados que no lograba prestar y me quedaba luchando contra eso”. Ella dice que la convivencia reactivó viejas heridas. “Muchas veces quería gritar: ‘¿por qué me hiciste eso?’. Me contenía para no ofenderlo ni arrojarle nada en la cara. No quería alimentar algo aún peor”, relata.
Otro impacto, según la gerontóloga Silvana Cazonato, es la sobrecarga emocional generada por la necesidad de cuidado constante sumada al historial de relaciones desgastadas. “El cuidado exige energía todo el tiempo y, a veces, también los recuerdos del pasado”, afirma. Según la especialista, es común que hijos cuidadores se sientan culpables por estar cansados, perder la paciencia o frustrarse por no tener tiempo. “La suma de todo esto puede llevar a un agotamiento físico y emocional intenso, conocido como burnout del cuidador”, añade.
Edi Lima percibe ese desgaste en su propia rutina. Desde que sus padres se mudaron a su casa, los planes para la jubilación cambiaron radicalmente. “Había empezado a viajar sola para conocer Brasil, pero tuve que parar. Hoy prácticamente no tengo vida social”, cuenta. Afirma que no calculó el impacto emocional de la decisión al cuidar de sus padres en su casa. “A veces me pregunto: ¿por qué conmigo? ¿Por qué, desde que nací, parece que mi vida es cuidar de todo el mundo?”, cuestiona.
Silvana explica que, en estos contextos, también es común que surja una especie de duelo anticipado. “La percepción de la fragilidad de los padres y de la proximidad del final despierta dolor no solo por la pérdida que se aproxima, sino también por todo aquello que no se vivió entre padres e hijos”, afirma. Fue durante uno de esos momentos de fragilidad que Natiele dice haber mirado a su padre de otra manera. “Sentí tanta pena. Cuando lo vi así, operado, vulnerable, al borde de la muerte, pensé: ‘ese hombre es mi padre’. Creo que fue la primera vez que realmente lo vi así, como padre.”
“Honro a mis padres, pero no los amo”
Para hijos que crecieron en ambientes cristianos, muchas veces el conflicto va más allá del campo emocional. La ambivalencia que atraviesa la experiencia de cuidar a alguien que debería haber protegido, pero que fue justamente quien más hirió, puede verse intensificada por comprensiones rígidas o distorsionadas de la fe. En esos casos, según la psicóloga y terapeuta familiar sistémica Dilene Ebinger, es común que en la clínica aparezca un conflicto entre la lealtad religiosa y la verdad emocional. “La disociación entre la fe y la realidad concreta puede generar culpa y aumentar el riesgo de deterioro psíquico”, explica.
Edi es cristiana y aprendió desde la infancia sobre el mandamiento bíblico: “honra a tu padre y a tu madre”. Sin embargo, durante muchos años asoció el honor con la sumisión absoluta. “Honrar era aceptar todo lo que ellos hacían. Hace más de 50 años, los hijos aprendían que honrar era recibir incluso una bofetada y quedarse allí, en silencio”, relata. La gerontóloga Silvana Cazonato aclara que reconocer las limitaciones del contexto de la época no significa justificar lo vivido, pero ayuda a comprender cómo se establecieron y se mantuvieron ciertos patrones familiares. “Estamos hablando de una generación que vivió en otro contexto social e histórico, en un tiempo en que había poca información y escaso cuidado emocional, lo que contribuyó a la perpetuación de actitudes que trajeron dolor a la familia”, señala.
Aún hoy, Edi afirma que la relación con su madre sigue siendo difícil. “Hace mucho tiempo dejé de esperar que ella cambie. Es intento tras intento, pero sigue siendo la misma. Creo que, en la vejez, ciertos comportamientos incluso se vuelven más fuertes”, dice. La gerontóloga explica que esta percepción tiene respaldo en estudios sobre el envejecimiento. “Hay investigaciones que muestran que los rasgos de personalidad preexistentes pueden acentuarse con el paso de los años. Eso no significa que las personas no puedan cambiar, pero la personalidad tiende a acompañar al individuo durante toda la vida”, afirma.
Hoy, con los conocimientos que acumuló a lo largo de la vida, Edi dice haber desarrollado una comprensión más equilibrada del mandamiento. “Una vez escuché a alguien explicar que honrar no es amar, es cuidar. Y creo que estoy honrando a mis padres al cuidarlos.” Edi es sincera al hablar de las razones que la mantienen cuidándolos. “Creo que no los amo. Cuido porque, al menos, educación, comida y techo me dieron.” Para ella, reconocer honestamente sus propios sentimientos forma parte de la forma en que encontró equilibrio dentro de esa relación. “Son dos seres humanos que necesitan ayuda. Ellos me dieron la vida, aunque de una forma torcida. Por eso los cuido. Pero, sinceramente, no puedo decir ‘te amo’.”
¿Qué significa realmente honrar a tu padre y a tu madre?
El pastor Gustavo Marques, líder del Ministerio de las Posibilidades para la región Sur de Brasil, profundiza la comprensión mencionada por Edi al explicar el significado del quinto mandamiento. “En Éxodo 20:12 encontramos la palabra hebrea kabad, que lleva la idea de ‘dar peso’, ‘tratar con seriedad’, ‘reconocer valor’”, afirma. Según él, desde una perspectiva bíblica, honrar está más relacionado con la responsabilidad, la dignidad y la reverencia delante de Dios que con la obligación de sentir afecto o mantener cercanía a cualquier costo.
Según la psicóloga y terapeuta familiar sistémica Dilene Ebinger, la postura de Edi puede reflejar un proceso de diferenciación emocional, en el que la persona logra separar comportamiento y sentimiento. “No está negando su propia realidad interna, lo cual incluso es más honesto que forzar un afecto inexistente”, explica. En opinión de la especialista, esto puede representar una forma de madurez funcional: una manera de asumir responsabilidades sin recurrir al autoengaño.
El pastor coincide con esta lectura y añade que la Biblia no exige que los hijos finjan sentimientos que no logran experimentar. Señala que el mandamiento fue dado a todos los hijos, no solo a aquellos que tuvieron padres ejemplares. Sin embargo, esto no significa que las Escrituras ignoren la realidad del dolor, la injusticia o los abusos dentro de la familia. “La propia Biblia es honesta al retratar familias profundamente disfuncionales y al registrar las emociones humanas en toda su complejidad”, afirma.
Según el pastor, el problema no está en sentir dolor, enojo o ambivalencia, sino en permitir que esos sentimientos se transformen en crueldad, venganza o deshumanización del otro. “Honrar a padres que nos hirieron no exige fingir un amor que aún no se puede sentir. Tampoco significa borrar la historia ni negar el dolor. Honrar es buscar, delante de Dios, una forma madura, responsable y posible de lidiar con esa relación y actuar con dignidad.”
A pesar de haber conocido el mandamiento solo en la adolescencia, Natiele vivió un conflicto similar. “A los 12 años comencé a leer la Biblia de una forma apasionada. Y veía que los mandamientos tenían un propósito y debían ser seguidos incluso cuando no queríamos o no teníamos razones para obedecer.” Años después, cuando tuvo que cuidar de su padre, esa comprensión fue puesta a prueba. “Pensaba: ‘¿cómo voy a honrar a alguien que me hizo eso?’. Pero como amaba a Dios y entendía que Él había mandado honrar a mis padres, decidí hacerlo por amor a Dios. Quería demostrarle a Dios que lo amaba, independientemente de lo que me habían hecho.”
Para el pastor Gustavo Marques, Dios no ignora la complejidad emocional presente en historias como estas, donde los sentimientos ambivalentes no siempre acompañan la decisión de cuidar. “La Biblia es honesta respecto a que, muchas veces, la obediencia a Dios viene antes del sentimiento. Cuidar a un padre o una madre que te hirió, incluso sin llegar a sentir el amor que quisieras, puede ser un profundo acto de fe”. Sin embargo, el pastor hace una aclaración: “Esa decisión debe tomarse con sabiduría. No estamos llamados a autodestruirnos en el proceso de cuidar. Honrar no debe significar abandonarse a uno mismo.”
El perdón es posible
Para muchos hijos, hay una cuestión aún más delicada que honrar: ¿qué hacer con el perdón? Natiele afirma que fue durante la segunda vez en que tuvo que cuidar de su padre cuando esa pregunta pasó a ocupar un lugar central en la relación entre ambos. Cuenta que ya venía intentando, poco a poco, resignificar la relación con él cuando, después de una segunda cirugía, volvió a necesitar cuidados. El día en que él entró nuevamente a su casa, Natiele relata que comenzó a llorar y a pedir perdón repetidamente. “Yo también lloré. Sabía por qué estaba haciendo ese pedido”, cuenta.
La escena despertó sentimientos contradictorios, pero ella afirma que no resistió el impulso de abrazarlo. Después de eso, comenzó a ver los pequeños gestos cotidianos como parte de una decisión intencional de buscar el perdón. “Cuando lo tocaba, le llevaba comida o incluso le pedía la bendición, por más difícil que fuera, lo hacía con la intención de resignificar eso dentro de mí”, relata. “Fue una gran lucha interna poder mirarlo como abusador, reconocer que me hirió y, aun así, buscar el perdón.”
Dilene Ebinger explica que el perdón puede, sí, construirse como un proceso gradual e intencional, a través de decisiones cognitivas y prácticas que ayudan a reorganizar las emociones y reducir el peso del resentimiento. Sin embargo, enfatiza que esto no puede ocurrir a costa de la validación del dolor. “El perdón no puede usarse para evitar enfrentar el trauma, en una especie de espiritualización defensiva” advierte. El pastor Gustavo refuerza: “El perdón bíblico no es amnesia, no es fingir que nada ocurrió y no es llamar bien al mal”, añade.
El pastor también enfatiza que el perdón rara vez es instantáneo. “Se necesita oración, cuidado pastoral, terapia, madurez y tiempo”, afirma. Natiele reconoce esto en su propia experiencia. “Creo que alcancé el perdón, pero confieso que aún no tengo todas las respuestas”, dice la profesora de arte.
Para Edi, el perdón también fue construido poco a poco. “Creo que los perdoné, pero no sucede de un día para otro. Para mí fue un camino de reconocer mi dolor, buscar apoyo, fortalecer mi identidad y entender que yo no era aquello que dijeron de mí”, relata. Compara las marcas de la infancia con una tabla perforada por clavos. “Después de que se quitan los clavos, los agujeros siguen allí.”
Los recuerdos dolorosos permanecen, pero ella dice que su forma de lidiar con el dolor fue transformada a lo largo de los años por la fe y por la decisión consciente de romper patrones familiares. “Causar sufrimiento en mí fue una decisión que ellos tomaron. Pero mi esencia fue alimentada por la oración, las lágrimas, la gratitud y la alegría de haber hecho algo diferente con mis hijas.”, cuenta. Afirma que crió a sus dos hijas intentando ofrecer exactamente lo que no recibió. “Desde pequeñas, yo les decía todos los días: ‘mamá las ama’. Las ponía frente al espejo y repetía eso.” El objetivo era interrumpir la lógica afectiva en la que creció. “Decidí ir en contra de esa cultura porque esa forma de vivir hace daño. Entonces intenté hacer lo contrario en lo posible.”
El peligro de las respuestas automáticas
Tanto Edi como Natiele afirman que la fe fue fundamental en el proceso de sanación. Para la profesora de arte, la experiencia espiritual representó el encuentro con una referencia de cuidado completamente distinta a la que conocía en su hogar. “Cuando descubrí que existía un Padre que me amaba de verdad, ¡me sentí otra persona!”, recuerda. Edi describe la fe como aquello que la sostuvo emocionalmente en los momentos más difíciles. “Si no fuera por pedir ayuda a Dios, estaría desesperada”, dice. “Sin la fe, creo que ya habría abandonado todo.”
A pesar de ello, ambas relatan que no siempre encontraron aceptación dentro del ambiente religioso. En muchos momentos, escucharon opiniones y exigencias de personas que desconocían la complejidad de lo que vivían. Natiele cuenta que frecuentemente recibía críticas sobre la forma en que cuidaba a su padre. Algunas personas decían que tenía la obligación de llevarlo a vivir a su propia casa e insinuaban que el cuidado que le brindaba no era suficiente. “La gente lo miraba y pensaba: ‘pobrecito, es un señor mayor’. Pero no conocían la historia”, dice.
Los comentarios ignoraban la magnitud del esfuerzo emocional involucrado incluso en tareas consideradas simples. En una ocasión, llegó a escuchar cuestionamientos sobre su participación en la iglesia. “Me dijeron: ‘¿cómo tienes el valor de subir al púlpito a predicar sabiendo que tu padre está en esa situación?’”. Con el tiempo, Natiele afirma que tuvo que dejar de medir su experiencia a partir de las expectativas de los demás. “Dios conoce mi corazón. Dios sabe que, para mí, ya era algo muy grande preparar un plato de comida, mirarlo, sostener su mirada. Esa es un área entre Dios y yo”, reflexiona.
Edi percibe la misma tendencia a simplificar las cosas, especialmente en las redes sociales. “La gente pone a los padres en un pedestal, como si fueran santos”, afirma. Para ella, muchos discursos sobre honor y obligación ignoran que existen relaciones familiares atravesadas por violencia, abandono y abuso. “Quien dice eso no conoce la historia.” Hoy dice que aprendió a no absorber ese tipo de juicio. “Esos comentarios ya no me afectan.”
La gerontóloga Silvana Cazonato afirma que las ideas romantizadas sobre el envejecimiento y las relaciones familiares pueden aumentar aún más el sufrimiento de quienes viven situaciones similares. “Existen muchos mitos nocivos, como la idea de que el tiempo borra las heridas o de que toda persona mayor se vuelve naturalmente dócil”, explica. Según ella, el envejecimiento no elimina automáticamente las cuestiones emocionales no resueltas. “Los dolores de la vida, los traumas, la ausencia de perdón y de reconciliación pueden endurecer a una persona y volverla difícil de convivir.”
El pastor Gustavo Marques advierte sobre el riesgo de usar conceptos bíblicos para ejercer presión emocional. Según él, cuando padres y madres son tratados dentro de la comunidad cristiana como figuras casi sagradas e indiscutibles, los hijos que cargan historias de violencia pueden terminar atrapados en una doble culpa. “Tienen el dolor de la herida original y pasan a tener la culpa religiosa por sentir que nunca logran honrar lo suficiente”, explica.
Para él, la iglesia necesita madurez para recibir historias complejas sin respuestas simplistas. “Existen relaciones familiares en las que la convivencia es posible. Existen otras en las que la distancia es una medida de protección. Hay casos en los que la restauración puede ocurrir, y otros en los que la reconciliación plena quizá nunca llegue en esta vida”, observa. El pastor añade que una espiritualidad saludable no exige la negación del dolor. “La Biblia nos llama a la verdad, no a la apariencia. Dios no espera que la persona finja que todo está bien cuando no lo está”, afirma.
Natiele cree que fue en esa relación sincera con Dios donde encontró fuerzas para seguir. “Dios transformó mi historia de una manera que solo Él puede hacerlo. No existe mi historia sin Él, no existe ningún camino sin Él. Me gustaría que más personas pudieran experimentar eso”, resume.
Hoy, Edi cree que una de las lecciones más importantes que aprendió es que honrar no significa permanecer sometida a relaciones abusivas. “Hoy, por mi circunstancia, eso no es posible, pero sé que no es necesario estar bajo el mismo techo todo el tiempo para honrar. Honrar es cuidar, incluso a la distancia”, dice. Al pensar en personas que viven historias similares a la suya, deja un mensaje claro: “Sé cuánto duele. Sé cómo uno empieza a dudar de sí mismo, a pensar que el problema está en uno… pero no es así.” Para ella, buscar ayuda fue parte esencial del proceso de sanación. “No es fácil, pero hay salida. Lo que dijeron de mí no define quién soy. Y tampoco te define a ti”, concluye.
Fuentes:
- https://www.nationalacademies.org/read/27415/chapter/6#62
- https://agenciadenoticias.ibge.gov.br/agencia-noticias/2012-agencia-de-noticias/noticias/27878-com-envelhecimento-cresce-numero-de-familiares-que-cuidam-de-idosos-no-pais
- https://www.gov.br/mdh/pt-br/assuntos/noticias/2021/julho/81-dos-casos-de-violencia-contra-criancas-e-adolescentes-ocorrem-dentro-de-casa?utm_source=chatgpt.com
- PIRES, Jeferson Gervasio; NARCISO, Fabiano de Araujo. Personalidade e envelhecimento saudável: quais pontos faltam conectar? Psicologia e Saúde em Debate, [S. l.], v. 8, n. 2, p. 167-190, nov. 2022. DOI: 10.22289/2446-922X.V8N2A11.