
De un lado de la pantalla, Matthew comenzaba a gatear. Del otro, su abuela lo entretenía mientras su madre se ocupaba de las tareas del hogar. Tiempo después, escondido bajo las sábanas con el celular, decía haberse transformado en un monstruo, mientras su abuela fingía asustarse y alimentaba el juego. A pesar de vivir en países diferentes, la participación de la profesora jubilada Iara Marília en la infancia de su nieto comenzó muy temprano. Hoy, a sus 20 años, el estudiante Matthew Rehbain sigue acudiendo a su abuela para pedir consejos y compartir experiencias de la vida cotidiana. Los monstruos imaginarios dieron paso a conversaciones sobre la universidad, las amistades y los planes para el futuro. Entre una etapa y otra hubo toda una adolescencia, viajes, paseos y muchas adaptaciones por parte de ambos.
¿Qué ganan abuelos y nietos con esta convivencia?
Historias como la de Iara y Matthew ilustran un fenómeno conocido como intergeneracionalidad. “Es el encuentro genuino e intencional en el que existe un intercambio de experiencias, conocimientos, afectos y perspectivas entre personas que se encuentran en diferentes etapas de la vida”, define la psicóloga y magíster en Gerontología Vivian Araújo. Sin embargo, cuando este encuentro ocurre específicamente entre abuelos y nietos, suele adquirir características propias. “Por lo general, los abuelos ofrecen un tipo de amor que los padres, por definición, no pueden brindar: un amor sin la carga de la responsabilidad cotidiana”. Según ella, esto favorece una sensación de seguridad emocional, ya que el vínculo tiende a ser más cercano y menos marcado por exigencias. “Es un espacio donde el niño puede ser él mismo sin el peso de las expectativas que los padres, aunque quieran lo mejor, inevitablemente llevan consigo”, observa.
Esta característica ayuda a explicar por qué la convivencia entre abuelos y nietos produce efectos positivos para ambas partes de la relación. Vivian cita una revisión que analizó 19 estudios internacionales e identificó impactos positivos de los abuelos sobre el bienestar de los nietos en el 77% de los casos evaluados, incluyendo un menor riesgo de depresión y un mejor rendimiento escolar. “Otras investigaciones muestran que los abuelos que mantienen esta convivencia encuentran algo muy valioso: un sentido de propósito. Y el propósito, en la vejez, es la salud. Es literalmente un factor de protección cognitiva”, destaca.
Parte de la explicación de estos beneficios se encuentra en el funcionamiento del cerebro. Según la neurocientífica Rosângela Morais, la convivencia entre generaciones es un importante modulador de la neuroplasticidad. “Ofrece estímulos emocionales, cognitivos y sociales capaces de mantener las redes neuronales más activas y adaptables”, explica.
De acuerdo con la especialista, distintos circuitos neuronales son estimulados en cada etapa de la vida. “Para las personas mayores, la convivencia social activa, los intercambios afectivos y el acto de contar historias de la propia vida activan regiones como la corteza prefrontal y el hipocampo, áreas fundamentales para el lenguaje, la memoria y la toma de decisiones”, detalla. Esto contribuiría a la preservación de la reserva cognitiva y de las funciones cerebrales durante el envejecimiento.
Entre los más jóvenes, los beneficios son diferentes, pero igualmente importantes. Los lazos afectivos con personas de mayor experiencia favorecen el desarrollo emocional y social. “Se estimulan circuitos relacionados con la empatía y la regulación emocional, promoviendo la liberación de oxitocina y dopamina, neurotransmisores esenciales para el vínculo, la motivación y la resiliencia psicológica”, afirma.
La calidad del vínculo importa más que la distancia
La historia de Iara y Matthew también ayuda a cuestionar una creencia común: la de que un vínculo fuerte depende necesariamente de la proximidad física. “La intergeneracionalidad no depende de la cercanía física, sino de la calidad de la relación.”, afirma Vivian.
La psicóloga describe una escena familiar para muchas personas: “Puede haber tres generaciones viviendo bajo el mismo techo y cada una habita en un mundo diferente: el abuelo en el sillón viendo las noticias, el nieto en su habitación con el celular, y ninguno encontrándose realmente con el otro”. Para ella, lo que diferencia una simple coexistencia de la verdadera intergeneracionalidad es la disposición a conocer el mundo del otro. “Comienza cuando una generación se permite sentir curiosidad por la otra. No se trata de tolerancia, sino de una curiosidad genuina”, señala.
Fue así como Iara decidió aprender a patinar después de los 60 años. A Matthew le gustaba esa actividad y ella quería acompañarlo durante sus visitas a Estados Unidos. El nieto solo descubrió la sorpresa cuando su abuela apareció patinando con seguridad, después de meses practicando sola en Brasil. “Las dos primeras veces que fuimos a patinar, ella se sostenía de la pared para mantenerse de pie. Después, de repente, vino aquí y se lució. ¡Me quedé impresionado!”, cuenta Matthew.
La curiosidad también abre espacio para la admiración. Cuando necesita ayuda con los estudios, Matthew suele recurrir a su abuela, que trabajó como docente durante décadas. “Tuve una materia sobre Historia de Brasil y necesitaba hacer un trabajo en portugués. Le pedí ayuda a mi abuela porque ella tiene un mejor dominio del portugués que yo”, dice.
Estar dispuesto a conocer el mundo del otro también suele exigir pequeñas concesiones. Después de todo, abuelos y nietos no siempre disfrutan de las mismas cosas. Aunque no le gusta pasear por centros comerciales, Iara cuenta que intentaba acompañarlo a su nieto durante sus visitas a Brasil. También elegía actividades pensando en sus intereses. “Podríamos haber ido a muchos lugares, pero elegí el Museo del Automóvil porque sabía que era algo que le llamaría la atención”, relata.
Matthew también reconoce situaciones similares. “Cuando ella está aquí en casa, a veces estoy cansado y no quiero salir, pero mi abuela sí quiere. Entonces salimos”, comenta. En otras ocasiones, la acompaña en tareas sencillas, como ir al supermercado. “Voy solo para pasear un poco con ella, caminar un poco”. Para Vivian, los gestos en los que una persona renuncia a su comodidad por amor al otro expresan el lenguaje más elevado del vínculo. “Cuando eso sucede, lo que se construye es un modelo de reciprocidad, uno de los aprendizajes más valiosos que cualquier generación puede transmitir”, añade.
Dos mundos intentando comprenderse
La misma cercanía que crea oportunidades de intercambio también expone diferencias que no siempre son fáciles de manejar. Iara bromea diciendo que tuvo que aprender a lidiar con el ritmo de su nieto. “Quiero que me cuente las cosas rápido, que haga todo rápido, pero él no es así. Incluso para ir al baño se toma el tiempo que quiere. ¡A veces más de una hora!”, comenta. Por su parte, Matthew también tiene observaciones divertidas sobre su abuela. “Mi abuela se despierta muy temprano. Es algo que forma parte de ella, de su carácter”, dice.
Ambos hablan de estas diferencias con buen humor, pero los desencuentros entre generaciones no siempre se limitan a los hábitos cotidianos. Según Vivian, también son comunes las divergencias relacionadas con los valores, las elecciones de vida y las formas de ver el mundo. “Lo que para el nieto es autenticidad, para el abuelo puede parecer una desviación. De ahí surgen los consejos no solicitados y las comparaciones acompañadas de la clásica frase: ‘en mis tiempos…’, que generan resistencia incluso cuando contienen algo de verdad”, explica la psicóloga.
Otro foco frecuente de tensión es la relación con la tecnología. “El celular sobre la mesa durante la comida o los auriculares puestos durante una visita forman una pared invisible. El nieto vive conectado y el abuelo interpreta eso como una falta de interés personal”, ejemplifica Vivian.
Sea cual sea el caso, ella insiste en destacar que los mayores conflictos entre abuelos y nietos suelen surgir no de la mala voluntad, sino de la distancia entre dos mundos que se aprecian, pero no logran comprenderse. “Estos conflictos son normales y, en cierta medida, saludables. El conflicto entre personas que se importan mutuamente es señal de que la relación es real, no decorativa”, aclara.
Sin embargo, Vivian advierte que, así como los estudios muestran los beneficios asociados a vínculos cercanos entre abuelos y nietos, también indican que los conflictos no resueltos pueden aumentar el riesgo de problemas emocionales y conductuales. “Esto demuestra que lo que queda sin resolver tiene peso. La relación intergeneracional no es neutral: fortalece o debilita”, señala.
Ante esta realidad, la especialista afirma que la mejor estrategia para lidiar con las diferencias entre abuelos y nietos no es eliminarlas, sino aprender a sorprenderse con ellas. “Al final, tanto la ciencia como la experiencia clínica coinciden en lo mismo: escuchar las historias del pasado con atención genuina ayuda a los más jóvenes a comprender las motivaciones que hay detrás de las críticas que reciben”, observa. Lo mismo ocurre en sentido contrario. “El abuelo que escucha el mundo de su nieto con verdadera curiosidad comienza a comprender un presente que, sin ese nieto, sería inaccesible para él”, añade.
La neurocientífica Rosângela Morais refuerza esta visión al señalar que sí existen diferencias importantes entre el cerebro joven y el cerebro maduro, pero el conflicto solo aparece cuando esas diferencias son percibidas como una amenaza. Según ella, el cerebro joven presenta mayor velocidad de procesamiento, búsqueda de novedades, creatividad y una mayor sensibilidad a la recompensa y al riesgo. Por su parte, el cerebro más maduro tiende a operar con un repertorio emocional más amplio, experiencia acumulada y una mayor capacidad para contextualizar situaciones complejas.
En la práctica, sin embargo, cuando existe espacio para la escucha y el intercambio, estas características funcionan como fuerzas complementarias. “Los jóvenes suelen aportar flexibilidad cognitiva, adaptación e innovación, mientras que los mayores ofrecen estabilidad emocional, perspectiva y una comprensión más amplia de las consecuencias de la vida”.
Matthew reconoce esta complementariedad. Cuando necesita tomar decisiones o reflexionar sobre amistades y relaciones, suele recurrir a la experiencia de su abuela. “Veo a mi abuela como alguien que ya ha pasado por muchas cosas. A veces aprendemos viviendo, pero también podemos aprender de la experiencia de los demás”, reflexiona. Según él, los consejos de Iara le ayudan a ver las situaciones desde otra perspectiva. “Ella me dice: ‘no tiene que ser así’, o ‘ten cuidado con esa amistad’. Ya ha vivido ciertas situaciones y las comparte conmigo para que yo también pueda aprender”.
Ninguna generación se basta a sí misma
Mientras tanto, el tiempo sigue pasando. Si antes Iara necesitaba conocer personajes de dibujos animados, videojuegos y colecciones de cartas para acompañar el mundo de su nieto, hoy comparte preocupaciones muy distintas. Recuerda, por ejemplo, las vacaciones en las que Matthew realizó un curso de enfermería. El niño, que un día gateaba frente a la cámara, ahora, después de las clases, pasaba por su habitación para contarle lo que había aprendido. “Me explicaba todo: cómo atender pacientes, cómo cuidar a las personas mayores. Me contaba cada detalle”, recuerda.
En todas las etapas que ha vivido junto a él, Iara percibe que lo importante es mantener la complicidad. “Mi nieto puede contar con su abuela para muchas cosas. Aunque exista una distancia geográfica, estamos muy unidos. Siempre estamos comprometidos el uno con el otro y aprovechamos al máximo el tiempo que podemos pasar juntos”. Matthew enfatiza la importancia del respeto. “Hay que tener paciencia, entender la forma de ser del otro y respetarla”, resume.
Vivian considera que esta comprensión es una consecuencia directa de la intergeneracionalidad. “Cuando un niño crece conociendo a las personas mayores como seres humanos completos, con historias, sentido del humor y contradicciones, no alimenta prejuicios ni desarrolla miedo al envejecimiento. Desarrolla respeto”, explica. Y el impacto positivo de este tipo de relación no se limita al entorno familiar. Según la psicóloga, los vínculos intergeneracionales sólidos ayudan a reducir la soledad, considerada hoy uno de los mayores problemas de salud del mundo, que afecta tanto a jóvenes como a personas mayores en proporciones alarmantes.
También destaca que la solidaridad entre generaciones reduce la presión sobre los sistemas formales de cuidado. “Invertir en el encuentro entre generaciones es, en todos los sentidos, la inversión más rentable que una sociedad puede hacer”. Para Vivian, aprender a relacionarse con alguien de otra generación es, en el fondo, aprender que el mundo es más grande que nuestra propia burbuja. “Una sociedad intergeneracional es una sociedad que entiende que ninguna generación se sostiene por sí sola.”, concluye.