Recomienzos que nacen del dolor

Una revelación devastadora transformó la vida de Leila y dio origen a una misión que nunca imaginó vivir tras su jubilación.

Quienes ven a Leila Chaves dando charlas sobre educación sexual y coordinando talleres para niños, adolescentes, padres, educadores e incluso para el sector público, podrían pensar que esos siempre fueron sus planes para la jubilación.

Pero la verdad no podría ser más distinta. “Una rutina tranquila, con viajes, lectura y descanso” es como la propia Leila describe cómo imaginaba esa etapa. Sin embargo, nada fue como lo pensaba. La vida no siguió el guion planeado, y todo cambió cuando tuvo que enfrentar una noticia que sacudió profundamente lo que creía sobre su propia familia.

Después de 30 años trabajando como educadora, Leila decidió jubilarse y mudarse de una gran capital al interior de Minas Gerais, en Brasil, para vivir más cerca de sus padres y de sus tres hermanos. “Estaba cumpliendo el sueño de que estuviéramos todos juntos, viviendo cerca y trabajando en familia”. Al principio, todo parecía muy bueno. “Nuestros encuentros de domingo eran alegres, con la familia reunida alrededor de la mesa”, cuenta.

Ya en la nueva ciudad, formó una sociedad con uno de sus hermanos, identificado como L., con quien trabajó durante seis años. Pero la nueva vida empezó a desmoronarse cuando su hija mayor dio a luz a una niña y entró en depresión. Preocupada, Leila la incentivó a buscar terapia, sin imaginar que esa decisión cambiaría no solo la vida de su hija, sino también la suya. Algunos meses después, la hija mayor y las dos menores la llamaron para conversar. Había un secreto que cada una había guardado, en soledad, desde la infancia: las tres habían sido abusadas sexualmente por su tío L., entre los 6 y los 10 años de edad.

La ruptura

“En un primer momento, entré en negación. Era algo tan impactante que mi mente se negaba a creerlo. Me repetía una y otra vez: ¡esto no puede haber pasado!”, relata Leila. Poco a poco, fue descubriendo que sus hijas no sabían que todas habían sufrido violencia. “Guardaron ese secreto porque imaginaban que era algo aislado, que a las otras no les había pasado”, explica. Sin embargo, una serie de “coincidencias” las llevó a hablar entre sí y, con la ayuda de la terapia, a comprender lo que habían vivido. Apoyándose unas en otras, encontraron el valor para contárselo a su madre, con un objetivo común: reforzar la red de protección en torno a la bebé que acababa de nacer.

Para Leila, escuchar los relatos fue devastador. Afirma que, además de la dificultad de aceptar que tenía un hermano criminal, un abusador de niños, fue duro lidiar con su padre, quien prefirió creerle al hijo acusado antes que a ella y a sus nietas. “Viví dos duelos: el de un hermano vivo, que se reveló como un criminal, y el de un padre vivo, que dejó de reconocerme y de protegernos”, describe. “Eran las dos personas en las que más confiaba. Ver cómo toda esa confianza se derrumbaba transformó recuerdos afectivos en sentimientos de engaño, traición y dolor. Eso destruyó la imagen de una familia estructurada, respetada y referente”.

La terapeuta familiar sistémica Isabel Passos explica que esta sensación de duelo es común cuando un relato como este sale a la luz. “Es realmente como vivir un duelo por una persona que ha muerto, aunque siga viva. Hay una ruptura en el sistema familiar, y la identidad de hermano, de tío, muere, dando lugar a la identidad de abusador”, señala.

De acuerdo con la psicóloga Fernanda Assis, este duelo puede intensificarse aún más por otra ruptura de identidad: la de la madre respecto de sí misma, al percibir que no fue capaz de proteger a sus hijos. Leila atravesó esa experiencia. “El sentimiento de culpa me consumía. Me preguntaba constantemente: ‘¿dónde estaba yo que no me di cuenta?’”. En escenarios como este, la psicóloga subraya que, por más difícil que resulte, es fundamental no huir del dolor. “Hoy veo que a las personas les cuesta mucho permanecer en el vacío, entrar en la tristeza. Parece que es necesario sostener un estándar de felicidad ‘instagrameable’. Pero cuando enfrentamos un trauma, un problema grave, muchas veces es atravesando la tristeza que logramos evolucionar”, detalla.

Un paso a la vez

Ese fue el camino que Leila decidió recorrer. Cuenta que, tras el descubrimiento, se desvinculó por completo del trabajo con L. y optó por vivir en una chacra, en un lugar más apartado. “Viví un período de intenso sufrimiento emocional. Tuve varias crisis de llanto, caí en depresión y necesité medicación para poder dormir”, recuerda. Destaca el papel del acompañamiento profesional en ese proceso. “Sola, no lo habría logrado. La terapia me ayudó a comprender, elaborar y transformar sentimientos que parecían imposibles de soportar”, afirma.

Poco a poco, distintas formas de autocuidado se fueron incorporando a su rutina. “Empecé a conectarme con la naturaleza. Cuidar la tierra, las plantas y las flores se volvió terapéutico. Cada maleza que arrancaba era como si estuviera quitando un poco del dolor de mi corazón”, relata. Leila también participó en retiros espirituales y se dedicó a la actividad física como forma de atravesar ese período. En ese proceso, descubrió una formación profesional en educación sexual y prevención del abuso infantil y decidió inscribirse.

Leila cuenta que no tuvo temor de volver a ocupar el lugar de estudiante, incluso después de tanto tiempo. “Sabía que iba a poder seguir el contenido porque siempre fui muy disciplinada y comprometida. Todo lo que emprendo lo hago con mucho empeño, y los desafíos me motivan”, afirma. La evidencia en neurociencias respalda esta comprensión. “El cerebro mantiene, a lo largo de toda la vida, la llamada neuroplasticidad, que es la capacidad de reorganizar conexiones neuronales, fortalecer circuitos existentes y crear nuevas rutas de funcionamiento frente a estímulos y desafíos”, explica la neuropsicóloga Rosângela Morais.

Ella enfatiza que envejecer no significa en absoluto entrar en un “deterioro cognitivo inevitable” y que el cerebro maduro es plenamente capaz de construir nuevos conocimientos cuando encuentra oportunidades adecuadas de aprendizaje, respetando su ritmo y contenidos significativos. “Puede haber menor rapidez en algunos procesos, pero existe una mayor capacidad de asociar información nueva con la experiencia acumulada a lo largo de la vida. Es lo que llamamos inteligencia cristalizada: saberes, repertorio cultural, vocabulario y estrategias construidas a lo largo de los años que sirven como base para nuevos aprendizajes”, explica Rosângela.

Sin embargo, más que en el plano cognitivo, la certificación representó para Leila un gran desafío emocional. “No fue fácil completar esta formación, porque tenía muchos disparadores y lloraba mucho en las clases. Pero durante el curso, incluso sufriendo, comprendí que Dios me estaba levantando con un propósito: alertar a otras familias y proteger a los niños”, cuenta. La primera vez que habló públicamente sobre el tema fue difícil y vergonzante. Leila relata que aún estaba profundamente herida y, en ocasiones, lloraba al hablar. “Pesaba el hecho de ser educadora, directora y dueña de una escuela. Orientaba a las familias sobre protección, pero, como muchos, creía que el peligro venía de afuera. Nunca había sido preparada para comprender que el abuso sexual infantil es, en la mayoría de los casos, intrafamiliar”, recuerda.

“Mi dolor se transformó en misión”

En Brasil, cada año, cerca de 115 mil niños, niñas y adolescentes son víctimas de violencia física, psicológica o sexual, según el Atlas de la Violencia 2025, elaborado por el Ipea, organismo federal de referencia en investigación social y económica. A nivel mundial, se estima que 1 de cada 8 mujeres sufrió violación o abuso sexual antes de los 18 años, de acuerdo con datos difundidos por Unicef. Hoy, Leila siente que es su deber contribuir a reducir estas cifras. “El conocimiento me liberó de la culpa. Entendí que ni yo ni mis hijas tuvimos responsabilidad por lo ocurrido. Hoy les hablo a padres, familias y profesionales de la infancia lo que me hubiera gustado escuchar en aquel entonces”, afirma.

La educadora sexual cuenta con el apoyo de sus hijas en esta nueva etapa profesional. “Ellas reconocen que, a pesar de los traumas, pueden vivir con alegría. Lo que pasó forma parte de nuestra historia, pero no define quiénes somos. También respaldan profundamente el trabajo que realizo. Ver que esto hoy me fortalece y da sentido a mi vida también las fortalece a ellas”, señala. Y agrega: “Cada acción que realizo para proteger la infancia también forma parte de mi proceso de sanación. Cada charla, cada capacitación, cada orientación, cada familia alcanzada refuerza que estoy en el camino correcto”.

Es un hecho que las cosas no salieron exactamente como se habían planeado, pero, como señala Fernanda, la mayoría de los acontecimientos están fuera de nuestro control. “Los sueños son importantes, planificar es necesario, pero eso no nos libra de recibir una noticia que inevitablemente nos hará cambiar el rumbo”, explica. Sin embargo, la psicóloga invita a considerar otra perspectiva: “Los cambios no siempre son lo peor. Abren posibilidades que no estaban en el guion de vida y que pueden traer alegría y grandes logros”.

Leila reconoce esto en su propia historia. “Mi experiencia cambió por completo mi visión sobre la jubilación. Realmente imaginaba esa rutina tranquila con viajes, lectura y descanso. Hoy, aunque sigo haciendo algunas de esas cosas, mi vida tiene un nuevo propósito. Tengo salud, energía y ahora una misión clara”, afirma. Y no dejó de estudiar. “Al principio quería enseñar autoprotección a los niños. Después entendí que puedo ampliar mi alcance si capacito a la red de protección”. Su trabajo hoy se centra en dar charlas en iglesias, escuelas, para profesionales de la salud y la seguridad pública, consejeros tutelares y trabajadores sociales. “Ellos llegarán a niños a los que yo seguramente no podré llegar”, explica.

Para la psicóloga, es importante subrayar que nuestras experiencias, incluso las traumáticas, forman parte de nuestra historia y ayudan a moldear los nuevos caminos que decidimos tomar. “No hacemos una ruptura total, no perdemos la memoria. Lo que ofrecemos al mundo está cargado de la historia que hemos vivido. Construimos nuevos caminos y llevamos en ellos lo que aprendimos a través del dolor. Ese nuevo camino no es fácil, pero es posible y puede ser muy significativo”, enfatiza.

Leila lo sintetiza así: “Aunque no todo pueda comprenderse plenamente, hoy reconozco que Dios estuvo presente en todo el proceso. Es a través de mi historia que hoy puedo llegar a otras vidas, proteger a los niños y orientar a las familias”.

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