
En la sala de estar reina el silencio. No por falta de personas, sino por ausencia de diálogo. Sentados en el mismo sofá, padre, madre e hijos —pequeños o mayores— deslizan los dedos por las pantallas de sus dispositivos. Cada uno con sus auriculares, sus videos, sus algoritmos. No hay discusiones, ruido ni juguetes tirados por el suelo, es cierto. Pero tampoco hay conversación. A lo sumo, un “mmm”, un “sí” o una mirada rápida y distraída. En otros hogares, ni siquiera eso: cada miembro de la familia ya se ha aislado en su propio cuarto. Todos están bajo el mismo techo, pero viven en mundos paralelos, conectados con el mundo… y desconectados entre sí.
Esa escena parece retratar la realidad de miles de familias en todo el mundo. Un estudio global realizado en 2019 por Kaspersky reveló que el 72 % de los padres siente que el uso de internet y dispositivos móviles en general está afectando la vida familiar. Una investigación estadounidense más reciente, publicada en 2024 por el Pew Research Center, respalda estos datos. Casi 3.000 personas fueron entrevistadas —entre padres y adolescentes—, y los resultados mostraron que cuatro de cada diez familias discuten regularmente por el tiempo que pasan frente al celular. Dilene Ebinger, terapeuta familiar con más de 20 años de experiencia, expresa su preocupación por el hecho de que el uso excesivo de pantallas está fragmentando el tiempo de convivencia. “Momentos que podrían ser de intercambio y conexión están siendo reemplazados por interacciones superficiales o incluso por la ausencia total de comunicación. Eso genera un distanciamiento emocional progresivo, convirtiendo a los miembros de la familia en simples ‘cohabitantes’ bajo el mismo techo”, analiza.
La señal de alerta que llevó al cambio
Izabella Gomes, educadora y madre de tres hijos, se dio cuenta de que la relación de su familia con los dispositivos digitales no era saludable al notar ciertas señales que comenzaron a mostrar los niños, especialmente un episodio con uno de los gemelos, de 7 años. “Un día empezó con un tic nervioso en el ojo que me asustó mucho. Pedí sabiduría a Dios para entender lo que estaba pasando, porque sabía que no era normal”, relata. Llamó al hijo para conversar y trató de explicarle lo que le preocupaba. “Le dije: ‘Hijo, estás con un ojito y la boca temblando. ¿Te pasa algo? ¿Estás ansioso?’. Y él respondió: ‘Sí, mami. No puedo ganar este juego’”, cuenta.
Al darse cuenta del problema, ella y su esposo decidieron cambiar la rutina. Cuenta que siempre hubo televisores en casa, pero notaron que eso estaba afectando la educación de los gemelos. “Decidimos quitarlos. Hoy, en su lugar, hay un cuadro con un pájaro”, comenta. También restringieron el uso del celular a aproximadamente una hora por día durante la semana. Izabella afirma que los cambios generaron estrés al principio, especialmente con uno de los gemelos, que tiene autismo. Pero la pareja fue encontrando otras formas de llenar el tiempo de los niños y de compartir momentos juntos. “A ellos les encantan los libros y los recortes, así que la Casa Publicadora Brasileña se ha convertido en nuestra referencia. El grupo de ‘Mis amigos’ es una opción que siempre está presente”, menciona.
Los fines de semana, la estrategia también cambió. “Los inscribimos en el club de Aventureros y empezamos a llevarlos a la cocina para que ayudaran con recetas: pan, tortas, jugos…”, relata. Las recetas no siempre salen bien, pero para ella, el verdadero resultado está siendo alcanzado: “de esa forma logramos cambiar, estamos empezando a revertir algunos comportamientos de los dos”. Para la terapeuta, ese es precisamente el camino. “Es necesario establecer límites claros, definir horarios para el uso de pantallas y reservar momentos libres de tecnología. Además, los padres pueden crear rituales familiares, como juegos de mesa, lecturas compartidas, caminatas o incluso cocinar juntos”, sugiere. También destaca la importancia de promover actividades fuera de línea, ya sean deportes, música, arte o cualquier práctica que estimule la creatividad y la interacción real.
Superando obstáculos
Implementar este tipo de solución puede ser especialmente desafiante en ciertas condiciones. Uno de esos desafíos ocurre cuando padres separados deben compartir la custodia y la convivencia con el hijo. Es el caso de Karolina Campos, profesional en biomedicina. Madrastra de una niña de 10 años en etapa preadolescente, ella comenta la dificultad de intentar reducir el tiempo frente a las pantallas y establecer una conexión familiar saludable cuando no se tiene control total sobre la rutina. “Es muy complicado, porque de un lado logramos tener el control, pero del otro ya no lo conseguimos, ¿verdad? Por más que hablemos, el problema continúa”, lamenta.
En situaciones como esa, la terapeuta enfatiza que es necesario centrarse en lo que sí está al alcance. “Compartir la custodia con el otro progenitor es un gran desafío, especialmente cuando no hay acuerdo en la forma de educar al hijo, pero eso no puede ser un impedimento. Lo importante es que, en el tiempo que ese niño esté contigo, pueda absorber lo mejor: compañerismo, presencia, influencia positiva”, destaca. Eso es lo que Karolina dice que ella y su esposo, padre de la niña, intentan hacer. “Tratamos de ofrecer otros tipos de juegos que no sean en línea. Nos reunimos para colorear, jugar con la pelota e incluso en la calle. Aquí donde vivimos hay muchas áreas verdes, así que hacemos picnic, llevamos una pelota, jugamos a las escondidas...”, cuenta.
Otro desafío común es la propia rutina, que impone límites a la convivencia familiar. Jornadas laborales extensas, muchas horas en el tráfico y el cansancio acumulado pueden dificultar la presencia activa en el día a día de los hijos. En un escenario en el que no es posible aumentar el tiempo juntos, es esencial asegurar que ese tiempo sea de calidad. “Lógicamente, lo ideal es tener cantidad con calidad”, reflexiona Dilene. “Pero si no es posible tener cantidad, entonces no podemos negociar la calidad. Es fundamental, más importante que la cantidad”.
La terapeuta también destaca que, por más difícil que sea modificar la situación, las consecuencias de no actuar pueden ser aún más graves. Ella explica que la desconexión emocional generada por el uso descontrolado de internet tiene impactos que se extienden al futuro. “Puede provocar vínculos debilitados, falta de confianza y dificultad para establecer conexiones emocionales saludables. Hijos que crecieron sin atención ni diálogo pueden convertirse en adultos inseguros, emocionalmente carentes o indiferentes a las relaciones familiares”, afirma.
La transformación comienza con el ejemplo
Sin embargo, muchos padres –quienes tienen el poder de transformar esa realidad– están siendo vencidos por el mismo problema. El estudio de Kaspersky, mencionado anteriormente, reveló que, aunque el 76 % de los padres considera esencial gestionar el tiempo que los hijos pasan en internet, el 70 % reconoce que ellos mismos pasan demasiado tiempo conectados. Además, el 51 % admitió haber permitido que los dispositivos móviles interrumpieran conversaciones con sus hijos. En la encuesta del Pew Research Center, se escuchó a los propios adolescentes, y el 46 % dijo que sus padres se distraen con el celular al menos algunas veces cuando intentan hablar con ellos.
Desde la perspectiva de la terapeuta, la postura de los padres puede ser uno de los factores más decisivos en esta ecuación. “Cuando los padres están constantemente ocupados con el trabajo remoto, las redes sociales o el entretenimiento digital, comunican, aunque sin intención, que la pantalla es más importante que la interacción con sus hijos. Esto crea un ciclo en el que los niños, imitando a los adultos, también se refugian en las pantallas”, resalta.
El pastor Alacy Barbosa, director del Ministerio de Familia de la Iglesia Adventista para ocho países de América del Sur, profundiza esta percepción al destacar el significado de la autoridad parental en el hogar, establecida por Dios. “Tener autoridad no es solo ser quien da órdenes. Es, sobre todo, ser quien inspira a otros a hacer lo correcto. La persona con autoridad vive con coherencia, por eso puede orientar, indicar caminos y, cuando sea necesario, exigir”, explica.
El pastor también señala que, cuando la interacción virtual sustituye el vínculo familiar, el ejercicio de esa autoridad se ve comprometido. “Necesitamos afecto, cercanía y convivencia. Cuando eso falta, perdemos nuestra autoridad y liderazgo en cada ámbito del hogar”, afirma. Pero si los adultos dejan de ocupar ese lugar, el puesto no queda vacío. “Lamentablemente, hoy en día, quienes mandan o determinan la dirección muchas veces son los hijos. Eso ocurre porque los padres están tan distantes o viven con tanta incoherencia que ya no tienen autoridad para guiar dentro del hogar”, apunta el pastor.
La conciencia de la propia autoridad, sin embargo, no debe verse como una carga, sino como una oportunidad de cambio. El pastor Alacy destaca que el objetivo no es culpar a los padres, ya que ni siquiera los mejores esfuerzos garantizan resultados perfectos. Para ejemplificarlo, cita al propio Dios. “Él fue el mejor Padre, en un lugar santo, perfecto, con la mejor comida, el mejor ejemplo y el mejor ambiente. Aun así, Adán y Eva fallaron”, recuerda. La terapeuta refuerza esta visión al señalar que los padres no deben buscar la perfección, sino un compromiso auténtico con el cambio. “En vez de centrarse en lo que ya salió mal, lo ideal es mirar hacia lo que puede reconstruirse”, enfatiza.
¡Cambiar es difícil... pero es posible!
“La tarea número uno de los padres es inspirar a sus hijos, ser coherentes con la verdad para que puedan ser influenciados por sus palabras y, sobre todo, por su conducta”, subraya el pastor. Y para recuperar ese rol, Dilene sugiere actitudes prácticas. “Es necesario establecer reglas equilibradas para el uso de pantallas e incluirse uno mismo en esas reglas. Dar el ejemplo: si quieren que los hijos reduzcan el tiempo frente a las pantallas, deben demostrar autocontrol primero”, aclara.
Dilene también orienta a que se demuestre un interés genuino por la vida de los hijos fuera del entorno digital. “Saber lo que un hijo publica o enviarle mensajes no significa que haya un vínculo emocional. La verdadera presencia exige escuchar sin distracciones, percibir emociones en expresiones y gestos, crear espacios para conversaciones espontáneas y demostrar afecto físico con abrazos, cariño y contacto visual”, detalla la terapeuta.
Cambiar hábitos requiere esfuerzo, pero como recuerdan los especialistas, es absolutamente posible. “Todos vamos a tener luchas, pero debemos asumir nuestra responsabilidad. Es desafiante, sí, pero es posible. Todos pueden —y deben— lograrlo. Y si no lo logran, deben buscar ayuda”, observa el pastor Alacy. La especialista también reconoce los desafíos del proceso, pero propone una reflexión. “La pregunta no debería ser ‘¿Es difícil?’, sino: ‘¿Qué vale más la pena? ¿Mantener la comodidad de las pantallas o fortalecer la relación con mis hijos?’”, plantea. Dilene refuerza que los pequeños pasos generan grandes transformaciones. “Cada conversación, cada momento de atención, cada vez que elegimos estar presentes hace una diferencia. El tiempo no vuelve, pero las conexiones pueden reconstruirse. Y nunca es tarde para comenzar”, concluye.
Fuentes:
https://www.kaspersky.com/about/press-releases/out-of-control-half-of-parents-trust-kids
https://www.pewresearch.org/internet/2024/03/11/methodology-teens-and-parents-survey