Violencia doméstica: la prevención comienza en la infancia

Por: Taína Vasconcelos Marques

violencia doméstica

Estudios señalan que el agresor sufrió algún tipo de abuso en la infancia (Foto: Shutterstock)

 

Ante el avance de la contaminación por COVID-19, el aislamiento social se volvió una medida eficaz para controlarlo y combatirlo. Sin embargo, muchas familias han vivido situaciones difíciles debido a la convivencia forzada por tantos días. Según datos del informe del Ministerio de la Mujer, Familia y Derechos Humanos (citado por Noticias R7), hubo un aumento significativo de denuncias contra agresores en el ambiente familiar. Este número creció después del 18 de marzo, cuando se contabilizaron 5.526 nuevos casos de agresiones contra personas socialmente vulnerables (niños, mujeres y ancianos).

Dentro de estos notificados, en 538 casos se destacó el riesgo de muerte. Los datos del Ligue 180 descritos en la página virtual del Gobierno Federal señalan un crecimiento del 9% en la violencia doméstica contra la mujer. Tal crecimiento está relacionado con la frecuencia del contacto agresor/víctima, y tiene origen en las relaciones abusivas que ya existían antes de la pandemia e intensificados por el nivel de estrés y otras psicopatías que se desarrollaron por medio de la incertidumbre y el miedo ante el escenario actual.

Tipos de violencia

La violencia doméstica, así denominada porque ocurre en el ambiente familiar, consiste en hechos que involucran violencia y cualquier tipo de abuso, tales como: violencia psicológica (intensión de despertar en la víctima sentimientos de miedo, inferioridad, inutilidad y que comprometan la dignidad humana); violencia social (acciones que intentan controlar las relaciones sociales de la víctima, como la privación de la libertad, la comunicación o cualquier relación con otras personas); violencia física (golpear, quemar, inducir o impedir que la víctima tenga acceso a medicación o tratamiento, causar lesiones corporales), violencia sexual (forzar al otro a practicar cualquier acto sexual contra su voluntad) y negligencia (omisión de responsabilidad de uno o más miembros de la familia en relación a otro que requiere cuidados).

La psicóloga norteamericana Lenore Walker (1979) percibió que los actos de violencia doméstica siguen un ciclo por su repetición sucesiva a lo largo de meses o años, denominado, Ciclo de Violencia Doméstica. Inicia en la primera fase como “Aumento de la tensión”, que indica que se acumulan tensiones, injurias, y las amenazas que crean en la víctima una sensación de peligro constante, culpa por estar siendo castigada y negación a sí misma y a las demás personas de los momentos vividos. La segunda fase es el “Ataque violento”, donde el agresor maltrata física y psicológicamente a la víctima, donde la  frecuencia y los métodos utilizados pueden ser progresivos. Por último, la tercera fase es la “Luna de Miel”, cuando el agresor engatusa a la víctima en un discurso de cariño, promesas y cambios y aparente arrepentimiento.

El agresor, generalmente, es alguien cercano que mantiene con la víctima una relación permeada de autoridad, control emocional, abuso de la fuerza y negociaciones. El aumento de la violencia doméstica, en muchos casos, no aparece en el escenario como algo nuevo, sino como ya existente con menor frecuencia. La violencia se tiene como una forma del lenguaje para hablar sobre las emociones vividas por el agresor, quien utiliza medios violentos para mantener una relación de poder, virilidad y control sobre la otra persona, resultado de una cultura todavía marcada por el sesgo del machismo, de la vulnerabilidad y de una educación familiar distanciada y con pocos espacios para el diálogo. Hay una capacidad de persuasión que convence a la víctima de que los actos violentos son formas de demostrar cariño y una búsqueda de “corrección” de errores.

Muchas son las justificaciones que llevan a comprender la razón de la permanencia de la víctima en situaciones de violencia, y varían según el grupo a ser observado. En el caso de las mujeres, existen síntomas de dependencia emocional (la necesidad de estar con otro como forma de mantener su estructura psicológica), antecedentes de malos tratos por parte de los padres o entre ellos, en caso de abuso sexual en la infancia, procesos que pueden generar una naturalización de la violencia o su forma de demostrar afecto. Müller (2002, p. 16) afirma que al agresor antes de “poder herir físicamente a su compañera, necesita bajar su autoestima de tal forma que ella tolere sus agresiones”. Es común escuchar a mujeres que sufren y sufrieron violencia doméstica decir frases como “lo merecía”, “él estaba estresado y no pudo controlarse”, “él solo lo hizo para mostrarme mi error”, “fue solo una vez, él prometió que no lo volverá a hacer”, como resultado de una culpa internalizada por el discurso del agresor y por el deseo de justificar el sufrimiento vivido.

Construcción de un adulto seguro

La inseguridad y la necesidad de cuidados, acompañados de la ausencia de una educación basada en la cercanía y el diálogo, así como la falta de inserción de la educación sexual en los primeros años, convierten a los niños como a un grupo vulnerable y con marcas emocionales que repercuten en su vida futura. Por eso la necesidad de mirar a la infancia como el momento crucial para formar personas empáticas y seguras, de lo contrario, se formarán agresores y víctimas. Al mirar a una víctima o a un agresor, es importante pensar que allí hay una historia, en la mayoría de las veces, marcada por sufrimientos.

Los estudios neurológicos confirman que los primeros años de la vida de una persona corresponden a la fase de mayor aprendizaje cognitivo y psicológico. En los dos primeros años, el niño pasa por diversos cambios en su corteza cerebral, lo que hace posible más absorción de información y desarrollo de la atención, concentración, percepción, memoria, lenguaje, emoción y pensamiento que correspondan a las funciones mentales superiores e influenciarán su comportamiento cuando sea adulto. Si el niño asocia la violencia como la única forma de corrección o de crecimiento, posiblemente utilizará esta forma de lenguaje cuando necesite corregir a alguien o demostrar su cuidado.

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Incentivar el diálogo es fundamental para enseñar a lidiar con las emociones (Foto: Shutterstock)

Es extremadamente importante una educación que estimule el habla como medio de externalizar sus emociones y no necesariamente por medio de acciones, ya que el uso del lenguaje es una particularidad humana y un medio de inserción en la civilización. El acceso rápido y fácil a la información de generación digital ha traído consecuencias en la relación de los hijos con las figuras de quien los cuida, siendo los padres los responsables legales por ellos, y se puede decir que hay una tercerización en este cuidado y un distanciamiento que dificulta el diálogo, entonces, el niño que sufre violencia difícilmente buscará a estos adultos para contarles sobre su sufrimiento. Los padres deben incentivar a sus hijos a verbalizar sus sentimientos dándole nombre a su emoción para que pueda comprender lo que siente y así aprenda a lidiar con lo que está viviendo. El escuchar con amor, paciencia y disponibilidad para comprender le dará al niño una seguridad en la figura del adulto que le proporciona cuidados y la concepción de cómo actuar cuando sean contrariados o confrontados.

Conociendo límites

La educación sexual, a diferencia del estímulo a la práctica del acto sexual, es una medida que ayuda a los niños a entender su sexualidad, siendo esta comprendida como una forma de obtener y vivenciar el placer en la vida y que involucra no solo cuestiones relacionadas con los órganos sexuales, siendo que el placer comienza incluso en la succión al ser alimentado por la madre y otro responsable} relaciones interpersonales. Conocer sobre su sexualidad y conceptos como: noción corporal, entender lo que es público y de acceso a todos y lo que es privado y que debe ser vivenciado en su individualidad, hará que el niño entienda cuáles son sus límites y respete los límites ajenos, incluso pudiendo darse cuenta cuando esté bajo amenaza de abuso sexual.

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Cuando el niño comprende el significado de respetar el espacio e interés de las otras personas, sabrá tratar con las diferencias y las formas de vivenciar su vida. Abordar con el niño las diferencias y particularidades de cada género asegurará su comprensión de sí mismo y del otro y en la relación con los padres y sus formas de lidiar con sus sentimientos, así como en la observación del trato de los padres, el uno con el otro, y el propio niño aprenderá a cómo lidiar con sus emociones. Muchas veces, para los padres, hablar sobre la conducta ideal es suficiente para enseñarla, aunque sus acciones contradigan sus ideales; pero el cerebro infantil aprende mucho más por el ejemplo y la repetición de las acciones ajenas que por la interiorización de conceptos. Esta es, por lo tanto, la forma más equivocada de enseñanza.

Por eso, en tiempos de crisis, como en el escenario de la pandemia, es necesario buscar el diálogo como forma máxima de prevención. Identificar dentro del ambiente familiar cuáles son los disparadores que estimulan la violencia, solicitar apoyo familiar en el caso de que necesite ser retirado del espacio de convivencia con el agresor, pudiendo incluso utilizar códigos de auxilio con mensajes que señalen situaciones de sufrimiento (por ejemplo, “¿tiene una mascarilla roja?” cada vez que esté en una situación de violencia), busque ayuda de órganismo gubernamentales de protección al grupo en situación de vulnerabilidad, ejercitar la educación sexual con los niños desde los primeros años de vida, buscar ayuda profesional para comprender las cuestiones emocionales que están implícitas en la relación de dependencia y tolerancia a la violencia, contribuir con la comunidad en la denuncia de malos tratos, resaltando que tales denuncias son anónimas y se preserva la identidad del denunciante.

Mirar de forma empática a los que están inmersos en situaciones de violencia, hacer uso de juicios y prejuicios, entendiendo que la información puede ser una herramienta de prevención eficaz, se convierte en el camino hacia la ayuda necesaria en el combate a la violencia intrafamiliar.

El COVID-19 no solo trajo una amenaza a la salud física, sino que también comprometió la salud emocional, familiar, financiera y social, áreas fundamentales para la existencia humana. El escenario atípico exige formas de reacción atípicas y que se deba buscar el bienestar posible en medio de este caos. Si la salud mental no está preparada, surgirán otros síntomas como señales de la necesidad de cuidados, entre ellos, la violencia doméstica.